Amigos, cada día me siento más conservador. Llamadme clásico si lo preferís. Y es que uno echa de menos las cosas de verdad. Cuando nos dedicamos a buscar el alma de la gallina olvidamos que con ella se hace buen cocido.
Volvía a la Casa, la casa de la ópera. Era un lunes 2 de mayo con un tiempo fenomenal. Emoción, como siempre que uno accede al templo, escucha afinar la orquesta y admira la iluminación y el decorado. Cada vez me siento más cómodo por esos pasillos. La obra comenzó y la magia no terminó de aparecer. La obra original inicia con un coro rotundo, entero, haciendo gala de una armonía de lo más sugerente y emocionante. No fue así. Un comienzo a-sonoro, a golpe de percusión. Un efecto, tras otro, la escena era la protagonista. Escenografía, montaje, cámaras, telas. Ya el inicio premonizaba lo que luego vino. Y vino espectáculo. Espectáculo digno de una sala del Tate o del Matadero de Madrid. Todo modernísimo, rompedor. Con mucho desnudo, torso al aire, besos entre hombres y divos con las uñas pintadas.
Lo siento, chicos, pero no lo entiendo. No entiendo cómo se puede ser tan egoísta de pensar que lo importante es el montaje. El público al que le gusta la música exige un respeto por ella. Cuando un ser se ve sometido a un exceso de información, independientemente de su calidad, es incapaz de atender a todo. A lo mejor soy una persona limitada, seguramente seré muy limitado, pero me era imposible escuchar, mirar la proyección, la escena real, comprender el significado de todos los símbolos y además disfrutar. Porque yo no voy allí a trabajar, ni a ganarme el pan, ni a hacer relaciones sociales, yo voy a disfrutar de lo que más me gusta. No sé, me consuela saber que no soy el único que tiene estas opiniones, podéis leer la crítica del blog de pecho.
Y así, con la sensación de haber aprovechado a medias una música interesantísima en aras de tratar de seguir a medias la lectura de unos cuantos "modernos" me fui a mi casa. Y en el camino comenté la jugada con un amigo. Puede que nuestra formación rígida, estructurada, al fin y al cabo ingenieril, nos impida valorar las glorias del maestro
Warlikowski. Pero éste casi consigue eclipsar la extraordinaria obra de Szymanowski.
Con ganas de escuchar a un Mozart (respetado) sentado en el palco 11, saludos.